Colin Cotterill, "Love songs from a shallow grave"

Dr. Siri Paiboun





Colin Cotterill, nacido en Inglaterra, ha pasado parte de su vida en el sudeste asíatico y Love Songs from a Shallow Grave es su séptima novela con el Dr. Siri Paiboun, el único médico forense de Vientiane, la capital de Laos, esto es, la República Democrática Popular.  Como el setenta por ciento de la población de Laos, el Dr. Siri pertenece a la etnia “lao”, término que se usa para referirse a la lengua oficial aunque también se habla francés por haber sido colonia francesa hasta su independencia en 1949.

"Me estoy haciendo viejo y todavía tengo tanto que leer", exclama el entrañable Dr. Siri, ya con setenta y cuatro años. De personalidad afectuosa, sosegada, y sabia, comparte con su esposa Madame Saeng y con sus colegas y amigos, la enfermera Dtui y el Sr. Geung, alimentos y reflexiones.  En una Vientiane siempre lluviosa, húmeda, enlodada y muy pobre, diferenciada sólo en los vestigios del barrio francés y del americano,  se han sucedido tres crímenes similares de mujeres con alguna relación con el mundo occidental, asesinadas con una espada de esgrima poco común en Laos y heridas en el muslo en forma de “Z”.  

Durante las investigaciones de estos crímenes y ante el horror de su esposa y amigos, acepta una invitación aparentemente diplomática al vecino país de Camboya.  La descripción del viaje es una denuncia de la terrible realidad del gobierno del Khmer Rouge Cadre donde la única ley es la de la muerte.  Después de una serie de vicisitudes en la que es acusado de espía, es torturado y encarcelado en una celda,  baja, poco profunda, superficial, y casi sólo por milagro, puede escapar y regresar a Vientiane. De aquí el título de Canciones de amor desde una sepultura poco profunda pues sus reflexiones basadas en la observación y en análisis desde esta celda, se van intercalando introduciéndonos a una cultura tan lejana a la nuestra.


Colin Cotterill, Inglaterra 1952.
Cotterill, Colin. Love Songs from a Shallow Grave. New York: Soho Press Inc. 2010. 326 págs.

Toni Hill "El verano de los juguetes muertos"

Héctor Salgado




Héctor Salgado es un detective argentino en Barcelona. Acaba de regresar de Argentina después de un mes de vacaciones forzadas, apartado del servicio por haber golpeado salvajemente a un tal doctor Omar, emigrante africano y pronto sabremos, tratante de blancas. Suspendido mientras continúa la investigación, el Comisario jefe Savall le solicita investigue algo aparentemente sencillo, el suicidio del joven Marc Castells Vidal cuando estaba de fiesta con sus inseparables amigos Gina Marti y Aleix Roviera, miembros de conspicuas familias barcelonesas.

Toni Hill va intercalando las averiguaciones de la muerte de Marc con los antecedentes familiares de los padres de los tres jóvenes, amigos todos. En este contexto el doctor Omar aparecerá asesinado en el mismo edificio de Héctor, lo que hace aparecer al investigador como el presunto asesino.

Es interesante como Hill remonta los orígenes de la muerte de Marc con la historia de las familias de los jóvenes cuando siendo niños pasaban los veranos en el campamento del tio cura Felix, hasta que sucede un accidente en el que se ahogó una niña llamada Iris, una de las hijas de la cocinera del campamento. Hill hace que el encuentro años después de Marc y la hermana de la niña ahogada en Dublin sea el detonador de los sucesos.

Hay secretos familiares, trato de blancas, droga, mujeres maltratadas, abuso de menores, adopción de niños orientales. En fin, los temas actuales. El autor trata de dar a la novela el ambiente de Barcelona, tal vez un poco a lo Vázquez Montalbán. La historia queda abierta para saber qué pasa con su compañera y madre de su hijo Ruth, quien lo dejó por la moda de "explorar su sexualidad" con una pareja del mismo sexo. 



Toni Hill, Barcelona, España. 1966.
 
  • Hill, Toni. El verano de los  juguetes muertos. Barcelona: Random House Mondadori. 2011. 370 págs.

Los autores

Autores publicados en este blog (ir a la fecha de la publicación en este blog).
    • Anthony Horrowith, Inglaterra (Junio 4, 2012)
    • Bernardo Fernandez, BEFMéxico  (Junio 4, 2012)
    • Caryl Férey, Francia  (Junio 4, 2012)
    • César Guerrero, México  (Junio 4, 2012)
    • Claudia Piñeiro, Argentina  (Junio 4, 2012)
    • Christian Jungersen, Dinamarca   (Junio 4, 2012)
    • Colin Cotterill,  Inglaterra / Laos   (Juio 4, 2012)
    • F.G. Haghenbeck, México   (Junio 4, 2012)
    • Haruki Murakami, Japón   (Febrero 12, 2012)
    • Juan Madrid,  España   (Junio 24, 2012)
    • Javier Marías, España   (Junio 4, 2012)
    • Laurent Binet, Francia  (Junio 3, 2012)
    • Leif GW Persson, Suecia   (Junio 4, 2012)
    • Leonardo Padura, Cuba   (Junio 4, 2012)
    • Toni Hill,  España    (Junio 30, 2012)
    • Paul FrenchInglaterra   (Junio 3, 2012)
    • Pavel Kohout, República Checa   (Junio 4, 2012)
    • Petros Markaris, Grecia   (Junio 4, 2012)
    • Roberto Ampuero, Chile   (Junio 4, 2012)


Juan Madrid, "Adiós, princesa"



Toni Romano
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En esta séptima novela, Antonio Carpintero, alias Toni Romano, detective privado, ex boxeador, ex policía del Grupo de Noche de la comisaría del Centro de Madrid, es contratado por el abogado Matos para apoyar la defensa de Juan Delforo por el presunto asesinato de Lidia Ripoll, una joven presentadora de televisión. Toni Romano sin quererlo está involucrado en la acusación porque Juan Delforo es un escritor de novelas policíacas protagonizadas por el investigador Toni Romano y porque es su vecino.  El diario de Lida Ripoll que incrimina a Delforo quien había sido su profesor; una cinta grabada por Delforo y enviada a Toni Romano, una vieja pistola Makarov, las investigaciones que al menos tres diferentes servicios de Inteligencia del gobierno español han estado realizando sobre una supuesta relación de la periodista con el príncipe de Asturias, el papel de las cada vez más importantes de empresas millonarias que ofrecen seguridad bien al margen o de la mano con las autoridades y un policía honesto, van entretejiéndose con varias historias secundarias que nos llevan a diferentes rumbos de Madrid  y nos presentan una galería muy interesante de sus habitantes, sus formas de vida y preocupaciones.


Juan Madrid, España 1947
 

  • Madrid, Juan. Adios Princesa.  Barcelona: Zeta Bolsillo. 2011. 414 págs.



Los clásicos.
·         ¿Antecedentes?
o   “La Historia de Bel y el Dragón”. Libro de Daniel. Biblia.
o   Serendipity. Cuento oriental
o   François-Marie Arouet de Voltaire, (Francia. 1694 – 1778). Zadig
  • · Edgar Allan Poe. (Estados Unidos de América. 1809 – 1849)
  • · Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870), 
  • · Wilkie Collins (Inglaterra, 1824 –1889). 
  • · Arthur Conan Doyle (Inglaterra, 1859 – 1930)
  • · Joseph Conrad ( Ukraine,1857 –1924). 
  • · Raymond Chandler (Estados Unidos, 1888 - 1959) 
  • · Agatha Christie (Inglaterra, 1890 –1976)
  •   Dorothy Sayers. (Inglaterra, 1893 – 1957)
  • · Dashiell Hammett. (Estados Unidos 1894 – 1961)
  • · Josep Roth (Brody, Imperio austrohúngaro, 1894 -1939)
  • · George Simenon (Francia, 1903 - 1989) 
  • · Honorio Bustos Domecq (Argentina, Jorge Luis Borges 1899–1986 y Adolfo Bioy Casares 1914 - 1999) 
  • · Rafael Bernal (México, 1915- 1972)
  • · Patricia Highsmith. (Estados Unidos, 1921 - 1995)
  • · Truman Capote. (Estados Unidos 1924 - 1984)
  • · Manuel Vázquez Montealbán (España, 1939 - 2003)

¿Antecedentes?

En este apartado, tres muestras de la literatura en que por medio de la observación y la deducción se infiere la verdad: 

o   “La Historia de Bel y el Dragón”. Libro de Daniel. Biblia.
o   Serendipity. Cuento oriental
o   François-Marie Arouet de Voltaire, (Francia. 1694 – 1778). Zadig


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En el Libro de Daniel de la Biblia se narra la historia de "Bel y el Dragón". 


Daniel, consejero del rey Ciro el Persa, demuestra que Bel, deidad de Babilonia, no era un dios verdadero, al descubrir por medio de sus deducciones, que todos los manjares y alimentos que se le ofrendaban diariamente, eran consumidos por los mismos sacerdotes que lo adoraban.  Igualmente, gracias a sus capacidades de observación y deducción y contra la opinión de los sacerdotes, destruye lo que parecía un gran animal al cual los babilonios adoraban, mostrando con esto que no era tal. 
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Serendipity

Con la palabra inglesa “serendipity” se designa el descubrimiento casual de un misterio pero en el que intervienen las capacidades de observación y sagacidad. El término fue utilizado por primera vez por el escritor inglés Horace Walpole (Inglaterra, 1717-1797) en relación a un cuento oriental antiguo llamado “Los tres príncipes de Serendip”. 

 “Los tres príncipes de Serendip”

En ese cuento, en el reino de Serendip (el antiguo Ceilán, hoy Sri Lanka) los hijos del rey Giaffer descubrían misterios fortuitos. Por ejemplo, describen con gran precisión un camello que ninguno de ellos habían visto: cojo, tuerto, chimuelo, cargando a una mujer embarazada, una olla de miel en un lado y una de mantequilla en la otra. Cuando encuentran al camellero que había perdido su camello le comentaron sus observaciones pero afirman no haberlo visto; el camellero los acusa de haber robado su camello y demanda castigo. El emperador del lugar les pregunta cómo podían describirlo sin haberlo visto. Los príncipes responden que en a lo largo del camino, siempre en la misma parte había menos hierba verde que en la otra e infirieron que era porque el camello al comer, había comido de la parte que podía ver; porque por los pedazos de hierba que habían quedado sobre el camino supusieron que se le habían caído por la falta de dientes; solamente se distinguían tres huellas y restos de tierra, por lo tanto, era una pata que arrastraba; que cargaba miel en un lado y mantequilla en el otro era evidente por las hormigas atraídas por la mantequilla derretida en una parte del camino y las moscas en el otro; que era una mujer lo dedujeron por la huella dejada por las patas al doblarse para que la mujer bajara del camello cerca de un charco de orina; el olor de la orina y sus huellas eran de una mujer; supusieron que estaba embarazada porque observaron las huellas de sus manos en la tierra para detenerse mientras orinaba. Finalmente el camellero encontró su camello y los príncipes se convirtieron en consejeros del rey.
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François-Marie Arouet de Voltaire, (Francia. 1694 – 1778). Zadig


En el capítulo tercero de Zadig, , un filósofo de Babilonia, observando las diferencias, con sagacidad, describe el perro de la reina y el caballo del rey sin haberlos visto nunca. Le acusan de haberlos robado, lo juzgan y lo sentencian cuando aparecen el perro y el caballo. Si bien tiene que pagar la multa, se le permite defenderse explicando las señas que fue encontrando al pasear por el bosque: huellas de un perro chico, surcos dejados entre las huellas le indicaron que eran las tetas, por lo tanto era una perra que había parido. En lo que respecta al caballo explicó que las huellas de las herraduras estaban a la misma distancia, por lo que eran de un caballo con galope perfecto, como la senda era angosta observó que una parte parecía que había sido barrida de polvo, lo que le llevó a la conjetura del tamaño de la cola; hojas recién caídas de los árboles le hizo conjeturar el tamaño del caballo, otros vestigios le hicieron reconocer el freno de oro y herraduras de plata.

A continuación se presenta la traducción de este capítulo:


III.– El perro y el caballo.

En breve experimentó Zadig que, como dice el libro de Zenda-Vesta, si el primer mes de matrimonio es la luna de miel, el segundo es la de acíbar. Vióse muy presto precisado a repudiar a Azora, que se había tornado inaguantable, y procuró ser feliz estudiando la naturaleza. No hay ser mas venturoso, decía, que el filósofo que estudia el gran libro abierto por Dios a los ojos de los hombres. Las verdades que descubre son propiedad suya: sustenta y enaltece su ánimo, y vive con sosiego, sin temor de los demás, y sin que venga su tierna esposa a cortarle las narices.

Empapado en estas ideas, se retiró a una quinta a orillas del Eúfrates, donde no se ocupaba en calcular cuantas pulgadas de agua pasan cada segundo bajo los arcos de un puente, ni si el mes del ratón llueve una línea cúbica de agua más que el del carnero; ni ideaba hacer seda con telarañas, o porcelana con botellas quebradas; estudiaba, sí, las propiedades de los animales y las plantas, y en poco tiempo granjeó una sagacidad que le hacía tocar millares de diferencias donde los otros solo uniformidad veían.

Paseándose un día junto a un bosquecillo, vio venir corriendo un eunuco de la reina, acompañado de varios empleados de palacio: todos parecían llenos de zozobra, y corrían a todas partes como locos que andan buscando lo más precioso que han perdido. Mancebo, le dijo el principal eunuco, ¿visteis al perro de la reina? Respondióle Zadig con modestia: Es perra que no perro. Tenéis razón, replicó el primer eunuco. Es una perra fina muy chiquita, continuó Zadig, que ha parido poco ha, coja del pié izquierdo delantero, y que tiene las orejas muy largas. ¿Con que la habéis visto? dijo el primer eunuco fuera de sí. No por cierto, respondió Zadig; ni la he visto, ni sabía que la reina tuviese perra ninguna.

Aconteció que por un capricho del acaso se hubiese escapado al mismo tiempo de manos de un palafrenero del rey el mejor caballo de las caballerizas reales, y andaba corriendo por la vega de Babilonia. Iban tras de él el caballerizo mayor y todos sus subalternos con no menos premura que el primer eunuco tras de la perra. Dirigióse el caballerizo a Zadig, preguntándole si había visto el caballo del rey. Ese es un caballo, dijo Zadig, que tiene el mejor galope, dos varas de alto, la pezuña muy pequeña, la cola de vara y cuarta de largo; el bocado del freno es de oro de veinte y tres quilates, y las herraduras de plata de once dineros. ¿Y por donde ha ido? ¿dónde está? preguntó el caballerizo mayor. Ni le he visto, repuso Zadig, ni he oído nunca hablar de él.

Ni al caballerizo mayor ni al primer eunuco les quedó duda de que había robado Zadig el caballo del rey y la perra de la reina; condujeronle pues a la asamblea del gran Desterham, que le condenó a doscientos azotes y seis años de presidio. No bien hubieron dado la sentencia, cuando aparecieron el caballo y la perra, de suerte que se vieron los jueces en la dolorosa precisión de anular su sentencia; condenaron empero a Zadig a una multa de cuatrocientas onzas de oro, porque había dicho que no había visto habiendo visto. Primero pagó la multa, y luego se le permitió defender su pleito ante el consejo del gran Desterliam, donde dijo así:

Astros de justicia, pozos de ciencia, espejos de la verdad, que con la gravedad del plomo unís la dureza del hierro, el brillo del diamante, y no poca afinidad con el oro, siéndome permitido hablar ante esta augusta asamblea, juro por Orosmades, que nunca vi ni la respetable perra de la reina, ni el sagrado caballo del rey de reyes. El suceso ha sido como voy a contar. Andaba paseando por el bosquecillo donde luego encontré al venerable eunuco, y al ilustrísimo caballerizo mayor. Observé en la arena las huellas de un animal, y fácilmente conocí que era un perro chico. Unos surcos largos y ligeros, impresos en montoncillos de arena entre las huellas de las patas, me dieron a conocer que era una perra, y que le colgaban las tetas, de donde colegí que había parido pocos días hacia. Otros vestigios en otra dirección, que se dejaban ver siempre al ras de la arena al lado de los pies delanteros, me demostraron que tenia las orejas largas; y como las pisadas del un pié eran menos hondas en la arena que las de los otros tres, saqué por consecuencia que era, si soy osado a decirlo, algo coja la perra de nuestra augusta reina.

En cuanto al caballo del rey de reyes, la verdad es que paseándome por las veredas de dicho bosque, noté las señales de las herraduras de un caballo, que estaban todas a igual distancia. Este caballo, dije, tiene el galope perfecto. En una senda angosta que no tiene más de dos varas y media de ancho, estaba a izquierda y a derecha barrido el polvo en algunos parajes. El caballo, conjeturé yo, tiene una cola de vara y cuarta, que con sus movimientos a derecha y a izquierda ha barrido este polvo. Debajo de los árboles que formaban una enramada de dos varas de alto, estaban recién caídas las hojas de las ramas, y conocí que las había dejado caer el caballo, que por tanto tenía dos varas. Su freno ha de ser de oro de veinte y tres quilates, porque habiendo estregado la cabeza del bocado contra una piedra que he visto que era de toque, hice la prueba. Por fin, las marcas que han dejado las herraduras en piedras de otra especie me han probado que eran de plata de once dineros.

Quedáronse pasmados todos los jueces con el profundo y sagaz tino de Zadig, y llegó la noticia al rey y la reina. En antesalas, salas, y gabinetes no se hablaba más que de Zadig, y el rey mandó que se le restituyese la multa de cuatrocientas onzas de oro a que había sido sentenciado, puesto que no pocos magos eran de dictamen de quemarle como hechicero. Fuéron con mucho aparato a su casa el escribano de la causa, los alguaciles y los procuradores, a llevarle sus cuatrocientas onzas, sin guardar por las costas más que trescientas noventa y ocho; verdad es que los escribientes pidieron una gratificación.

Viendo Zadig que era cosa muy peligrosa el saber en demasía, hizo propósito firme de no decir en otra ocasión lo que hubiese visto, y la ocasión no tardó en presentarse. Un reo de estado se escapó, y pasó por debajo de los balcones de Zadig. Tomáronle declaración a este, no declaró nada; y habiéndole probado que se había asomado al balcón, por tamaño delito fue condenado a pagar quinientas onzas do oro, y dio las gracias a los jueces por su mucha benignidad, que así era costumbre en Babilonia, ¡Gran Dios, decía Zadig entre sí, qué desgraciado es quien se pasea en un bosque por donde haya pasado el caballo del rey, o la perrita de la reina! ¡Qué de peligros corre quien a su balcón se asoma! ¡Qué cosa tan difícil es ser dichoso en esta vida!

Edgar Allan Poe. “The Murders in the Rue Morgue”

Auguste Dupin



En Los crímenes de la Rue Morgue, aparece uno de los  primeros detectives  en la historia del género y se introduce la esencia de la novela de detectives: el poder del análisis. La facultad de resolución de cualquier enigma es posible gracias a la aplicación de un método, el analítico.  Para Poe, sin lugar a dudas, no hay tarea más grata que la facultad de análisis la cual depende de la capacidad para observar,  ya que “observar con atención es recordar haciendo distinciones” y esto es lo que permite hacer inferencias válidas.

            En las conversaciones entre el joven francés Monsieur C. Auguste Dupin y el anónimo narrador de Los crímenes de la Rue Morgue, se describe el poder del análisis que hace que Dupin pueda saber lo que su interlocutor está pensando, siempre aplicando el método de recordar o rastrear a partir de un primer eslabón de la cadena de sucesos y hasta el último pero sin perder ninguno, teniendo al objeto de análisis cerca para no perder el conjunto, tendiendo presente que lo profundo se encuentra en los valles, y no en la cima de las montañas. 

Poe presenta los asesinatos de Mme. L’Espagne y de su hija con la transcripción de las noticias de los periódicos y los testimonios de los vecinos. Y resuelve los crímenes aplicando su método de observar-analizar-inferir  las voces peculiares, la inusual agilidad del criminal, la falta de motivo y la atrocidad de los crímenes.

Edgar Allan Poe. Estados Unidos de América. 1809 – 1849.
 Poe, Edgar Allan. “The Murders in the Rue Morgue” en Tales of Mystery and Imagination.  Nueva York, E.U.: Barnes&Noble Books. 2003. 456 págs. Págs. 107-152.

Charles Dickens


·         Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870),  en su novena novela Bleak House, La casa desolada en español,  publicada en veinte entregas entre marzo de 1852 y septiembre de 1853, introduce el descubrimiento, la detección como una característica fundamental de la novela victoriana. La novela incluye también uno de los primeros detectives que aparecen en la ficción inglesa, el señor Bucket. Este personaje está probablemente basado en el inspector Charles Frederick Field del entonces recientemente creado Departamento de Detectives de Scotland Yard. Dickens escribió varios artículos periodísticos sobre el inspector y el trabajo de los detectives en Household Words.

Wilkie Collins


·         Wilkie Collins (Inglaterra, 1824 –1889).  The Moonstone, La piedra lunar, publicada en 1868, ha sido considerada como la primera novela de detectives.  La obra de Collins presenta la preocupación por el papel de la mujer en la Inglaterra del siglo XIX. T. S. Eliot la calificó  como "the first, the longest, and the best of modern English detective novels...in a genre invented by Collins and not by Poe", y Dorothy Sayers como "probably the very finest detective story ever written".

Arthur Conan Doyle


   Arthur Conan Doyle (Inglaterra, 1859 – 1930)